Las prácticas menos salvajes que se han ido imponiendo entre las sociedades civilizadas, aconsejan que los Estados no maten a los asesinos, salvo en combate. O, si en sus leyes existe la pena de muerte, que los maten después de un juicio. No digo que matar sea siempre la peor de las opciones; dejarse matar, o dejar que un asesino mate a nuestros hijos, es una opción peor que matar al asesino. Pero este no fue el caso de Bin Laden, que más bien fue cazado y ejecutado extrajudicialmente, sin necesidad.
Es bastante común que los Estados y los gobiernos que se sienten amenazados por una organización terrorista (Colombia por las Farc, Israel por Hamas, Estados Unidos por Al-Qaeda), se porten con una furia violenta que parece llevarnos a la vieja práctica de exterminar al enemigo. Van y matan al líder terrorista donde sea (en Ecuador, en el Líbano, en Pakistán), violando todas las reglas del derecho internacional. La justificación es que esas personas son peligrosas, no respetan las fronteras y tienen intenciones de matar a los ciudadanos de su país. Al ajusticiarlos así se pasan por el bozo cualquier consideración civilizada de respeto al delincuente. Llegan más lejos: si para matar a tu enemigo tienes que matar incluso a su esposa y a sus hijos —como ha sido el caso con Bin Laden—, el Estado vengativo lo hace sin remordimientos. Al arrasar sin juicio a un enemigo, llevándose de paso a la familia, Estados Unidos actúa, por un momento, como los yihadistas que combate.
Cuando los revolucionarios franceses guillotinaron a Luis XVI y a María Antonieta; cuando los partisanos italianos mataron a Mussolini y a Clara Petacci, y los colgaron de
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